27 enero 2013

Piedra, papel o tijera

Apenas salí a la calle, levanté la vista y, antes que pudiera girar y seguir caminando, algo me llamó la atención. En la vereda de en frente había una pareja joven. Por lo angosto del camino en el barrio de Congreso, ese que todavía conserva algunas formas desde la época colonial, los tenía relativamente cerca. Él tenía puestas unas bermudas negras, una camisa de manga corta y se le notaba la cara de cansado. Ella tenía un vestido de flores breve, por encima de la rodilla, y del hombro le colgaba una cartera que parecía pesadísima. Estaban parados muy cerca del cordón de la vereda y con las alpargatas puestas ella no le llegaba al mentón. Ninguno de los dos se acercaba a los treinta años y, a juzgar por sus caras, no estaban en su mejor momento. Es bastante habitual en esta época que la gente no ande sonriendo por la vía pública, pero estos parecían enojados por algo, aunque no se decían nada.
Él se tocaba las mejillas, los pómulos y la boca con las puntas de los dedos. De vez en cuando cerraba el puño o torcía la muñeca de alguna manera. Ella esperaba que él bajara los brazos y arrancaba con nuevos gestos, sus gestos por todo el aire. Se tocaba la nariz, los cachetes y los ojos con una velocidad casi histérica. Él aguardaba pacientemente que la dama terminara y negaba con la cabeza, no le daba razón. De nuevo sus brazos volvían a bailar, formando palabras a través de movimientos que ella comprendía pero, al parecer, no aceptaba como válidos. Bajo el foquito de luz naranja que los iluminaba desde arriba, las sombras iban y venían en el piso, formando un espectáculo por el que no hubo que pagar entrada.
Así estuvieron un rato, bamboleando las manos, los dedos, los humores y los pensamientos. No hubo pausa, pero tampoco hubo interrupciones, hasta que algo salió mal. No tengo idea qué pasó, qué fue lo que los ofendió tanto, pero en un segundo dejaron de esperar cada uno su turno. En el preciso momento en que los brazos de los dos se agitaban en simultáneo, comprendí que se trataba de dos sordomudos discutiendo y cuando lo supe, no pude hacer otra cosa más que reírme. Cuando la risa es tan auténtica y nace desde el fondo de la panza es inútil intentar detenerla. Semejante carcajada no fue por la imposibilidad de ambos para poder hablar. Me reí de todos los ignorantes que alguna vez, en una discusión de pareja, deseamos por un segundo que el otro enmudezca. Ahora, sin siquiera pensarlo, tenía la certeza de que ni aún así son evitables ciertas complicaciones en la vida de a dos.

Dedicado a Lau y a Malu por fumarse los borradores.

20 enero 2013

Quien te conoce

A quien corresponda,

Además de escribir, el autor de este blog, saca fotos. Las mismas se encuentran, desde hace unas horas, disponibles en el siguiente sitio web

Sin otro particular.

Saluda Atte.,
La Comisión.

13 enero 2013

Un poco tarde


Un hombre soberbio que fue humillado. Un escritor brillante que no conoció la luz del reconocimiento. Un antihéroe dispuesto a dar batalla.
Estos son solo algunos de los calificativos que bien podrían adornar la lápida de John Kennedy Toole, el famoso autor que murió de anonimato.
Nueva Orleans fue su hogar y su cárcel. Pero por sobre todas las cosas, fue el perfecto escenario para tejer, con arácnida paciencia, una de las novelas más ácidas y cómicas de la última mitad del siglo XX. El blues, el barrio francés, las fábricas, los afroamericanos y las prostitutas, constituyen pequeñas pero fundamentales piezas para el desarrollo de la historia de la obra de su vida.
Ignatius Reilly, su personaje estrella y estrellado que protagoniza "La conjura de los necios" es, siempre, dos cosas al mismo tiempo.
Es el que carece de timidez, aunque vive en solitario. Es el dominado por su madre, que no concibe relacionarse con otras mujeres ni buscar un nuevo hogar. Es el que está rodeado de personas de las que quiere escapar para refugiarse en su cuarto. Es el hombre apasionado por la lectura que pasa las horas quemando sus neuronas frente al televisor. Es el revolucinario apaleado por los obreros que intenta liberar. Bien podría ser un chiste que salió mal, si no se tratara de una perfecta caricatura del propio autor: Ignatius es John y John es Ignatius.
Llegando al final, el camino que los une se bifurca. John, frustrado por no conseguir publicar su novela, se suicida a un costado de la ruta, sin saber que su tragedia se transformará en una historia de culto.
Ignatius, por su parte, se aleja en un auto hacia nuevos rumbos. Quizás, los que John hubiese querido para sí mismo. El personaje trasciendo el autor. Los conjurados han ganado.

05 enero 2013

Flashes


"¿Cuánto mide un instante?", solía preguntar a sus alumnos el fotógrafo Filiberto Mugnani en el Centro Cultural Rojas. Dos kilómetros hacia el este de esas aulas, del otro lado del río, un joven cronista recuerda esa pregunta. 
Es un día para especial para Aldo Sessa. El reconocido fotógrafo vuelve a exponer en Buenos Aires una de sus colecciones más completas e íntimas. La selección de las obras le tomó más de un año de trabajo tanto a él como a su equipo de colaboradores, a su hijo y a los curadores Rodrigo Alonso y Michael Nungesser, de Alemania.  
Sessa camina por el primer piso del Museo Fortabat con la seguridad de quien recorre su propia casa. Luce un traje oscuro y una camisa blanca impecable, como todo el ambiente que lo rodea. Falta poco más de una hora para la inauguración de su nueva muestra y un grupo de diez personas lo acompaña en la recorrida. Como si se tratara de una avant premiere con intervenciones del director, el fotógrafo dice las primeras palabras a sus parroquianos: recuerda a los escritores Manuel Mujica Laines, a Silvina Ocampo, a Jorge Luis Borges, a Silvina Bullrich, a José María Peña. Ellos le enseñaron “a ver lo que ellos veían y sentir lo que ellos sentían”. Esas experiencias lo hicieron “más porteño de lo que ya era”, como si eso fuese físicamente posible. Luego de recordar a la dueña de casa, Amalia Fortabat, con quien el artista labró una larga y profunda amistad, invita: “Vamos para allá", señalando un rincón del salón. Allí, ocho imágenes de hace cincuenta años dan la bienvenida a la exposición.
Las fotos ilustran una Buenos Aires diferente a como se la conoce hoy. Abundan los jóvenes jugando al futbol en la plaza, los abuelos cuidando a sus nietos que se divierten en la vereda, los conventillos de La Boca, las vías de los trenes en su versión nocturna. Pareciera que un túnel del tiempo transportara a los observadores en un viaje al pasado. Las imágenes calan en las retinas e incitan a la imaginación,  pero las conclusiones propias poco importan en este momento. ¿Cómo imaginaba Aldo Sessa a Buenos Aires por estos días hace cincuenta, cuarenta,  o treinta años? La pregunta lo lleva al recuerdo, al viaje por el Riachuelo navegando hasta el Puente Alsina, al barrio de La Boca, que hoy ve tremendamente deteriorado y asegura: “Yo creo que es más lo que empeoró que lo que mejoró. Lo siento”.
Sin dejar que los ánimos caigan, el joven cronista y el grupo de invitados continúan la marcha. Sessa se desplaza por el salón con el liderazgo y la elegancia de cualquiera de los bailarines de tango que supo inmortalizar en sus colecciones. Mientras caminan, el fotógrafo recuerda el momento en el que Borges le dijo: “Aldo, estamos unidos por una misma pasión, el arte”.
A la hora señalada Sessa se despide del grupo. Es hora de ser anfitrión para todos aquellos que han llegado a celebrar más de cincuenta años de carrera. El joven cronista sabe que fue testigo de un instante de lujo que duró 45 minutos. 

18 octubre 2012

Hablemus

Todavía no había cumplido los 18 y estaba en una entrevista de trabajo. El dueño de la empresa, que me recibió en su oficina, se dio cuenta muy rápido que no estaba capacitado para el puesto y poco le importaron mis conocimientos de francés o mi buen promedio en el secundario. No me acuerdo bien qué era lo que estaban pidiendo, pero todavía no había empezado el CBC, lo que me dejaba fuera de competencia. Lo raro no fue eso, sino que fue ese el preciso momento en el que comprendí que lo que me venía pasando desde chico iba a ser para siempre. No sé muy bien cómo, pero el hombre, en lugar de despacharme rápido, se quedó contándome de su reciente divorcio y que a su hijo, los días que este se quedaba a dormir en su casa, le dibujaba con mostaza el escudito de Boca sobre un paty. 
A lo largo de estos casi 24 años que llevo en el planeta Tierra escuché incontable cantidad de historias de gente que no conozco. Sobretodo, de personas de la calle. La esquina de Juan B Justo y Santa Fé, en Palermo, la tengo alquilada. La puerta de la pinturería fue escenario de muchas charlas con gente que vive en condiciones de mierda y que, con la excusa de pedirme un pucho, siempre terminan contándome cosas de su vida. Y yo las escucho. No por caridad, o para poder reproducírselas a mis amigos en los asados, sino porque en general me interesa saber lo que tienen para decir. Todo intercambio me parece no solo saludable sino, además, necesario. 
El domingo pasado mientras caminaba por mi barrio, un hombre que estaba cartoneando me pidió fuego. A los pocos minutos estábamos charlando como si nos conociésemos de toda la vida. Ahora sé que en el mundo existe un tal Diego, que tiene dos hijos, que se quedó sin padres y que la viene remando hace 30 años. Lo terminé ayudando a cargar en el carro un lavaropas que una familia bien de Olivos ya no usa. Para él significa vender las partes que todavía funcionan y llenar la olla. 
Las veces que hablé con amigos sobre este tema la respuesta fue contundente: "Es tu cara". Tengo una cara normal, así que esa opción quedó descartada. Hace un tiempo dejé de hacerme esa pregunta, pasó a un segundo plano. Hasta hoy.
Mi compañero de trabajo de India (cosas de la globalización) me contó que su padre lo obligó a casarse. Hablamos solo un par de veces y por temas estrictamente laborales, pero hoy hubo un quiebre. Todavía no sé por qué, pero sé que es feliz, de a ratos, y trata de ponerle la mejor voluntad a la relación, que se formalizó hace un año. Tanto él como su esposa estudian y trabajan, tienen un pequeño hogar y el problema es que ahora ambas familias exigen nietos. "Y es un tema, porque hacemos lo que podemos", me dice en un inglés igual de básico que el mío. 
Descartada la "Teoría de la cara", seguiré escuchando historias. Quizás encuentre, con el paso del tiempo, una respuesta más o menos lógica. "Capaz la respuesta no es una sola", me dijo mi papá. Habrá que averiguarlo. 

03 septiembre 2012

The Black Keys

El último post del año pasado hizo referencia al abandono de mi persona hacia, entre algunas cosas, este blog durante el 2011. Creo que en uno de los puntos dice algo así como "prometo volver". Pero, como siempre hay tiempo para cagarla, no cumplí.

El post que viene a continuación (es decir, unas líneas más abajo), sucedió el año pasado. Estuvo unas horas  "al aire", hasta que alguien me dijo que era peligrosa (ya verán por qué) la información que el mismo brindaba. Pero, en vistas que hace casi dos meses me mudé (4° en 4 años) a otro lugar, lo que pase en "La casita del terror" ya no me concierne. Ahí va:

Para cuando llegué a Martinez, ya me había gastado los últimos morlacos de la SUBE en dos colectivos y el subte. Eran las 23.30 del jueves y, por un mágico guiño del destino, había llegado a casa desde el barrio de Once en poco más de una hora y estaba más contento que mexicano con Green Card.
Al llegar a la puerta de mi domicilio, que comparto con dos de mis tres hermanas mayores, noté que esa mañana había salido de casa sin llaves y no había nadie del otro lado -salvo los gatos y Panza- para poder abrirme. No hubo resultado en la campera, en los bolsillos del pantalón ni en los recovecos de la mochila -que fue verificada en mil y un oportunidades antes de darme por vencido-. Sin impacientarme mucho, tomé mi teléfono celular y cuando quise llamar para pedir refuerzos, el aparato se quedó sin batería antes de poder hacer contacto. 
Tratando de no desesperarme recorrí la zona durante casi una hora en busca de una cabina telefónica. En vano fue caminar y dar quichicientas vueltas hasta que tomé una decisión inesperada: tocarle el timbre a mi vecina a la que sólo vi dos veces en estos casi tres meses que llevo aquí viviendo y que me deje improvisar. Me apersoné en el lugar y luego de explicarle lo sucedido, amablemente me invitó a pasar a su patio, que por esas cosas de la vida, está estrátegicamente conectado al mío e inicié la acción.
A la hora en la que la Polícia Bonaerense primero tira y después pregunta, hice uso y abuso de lo poco que aprendí de las películas de Spiderman: puse un pie en una ventana, me agarré de la reja, tomé aire, boleé la pata izquierda y en menos de cinco segundos ya estaba parado en el techo de mi lavadero. Para alguien que le tiene cierto respeto a todo lo que esté por encima del medio metro sobre el nivel del mar, estar parado a 3mts de altura fue toda una hazaña que recién comenzaba. Seguí caminando hasta el borde de la edificación, y con sumo cuidado de no destartalarme los dientes en una vergonzoza caída, desembarqué en mi hogar y di por finalizado el curso acelerado y autodidácta de Parkour.
Una vez en mi residencia, apenas empecé a fantasear con una rica cena, una cerveza, una ducha reparadora y dormir como corresponde, advertí que la puerta que conecta la cocina con la superficie descubierta estaba cerrada bajo llave: me sentía meado por un elefante de buen tomar. Haciendo fuerza para no automutilarme las pestañas con un encendedor por mi mala fortuna, pensé en como hacer para entrar en serio de una buena vez. Tras una breve inspección de los elementos a mi alcance, supuse que iba a necesitar algo largo y finito como pija de perro que me permita destrabar la ventana de la puerta. Con la ayuda de un pincel para acuarelas, un poco de maña y cuidado para no romper nada, forcé el pasador y sentí de nuevo un poco de vida en el pecho al estar tan cerca de mi objetivo. Metí la mano desde afuera como nos enseñan los noticieros hoy en día, giré la llave -que afortunadamente, había quedado puesta- y entré feliz de haberlo hecho, además, sin ninguna herida de bala por falta de comunicación con el yuta.