03 marzo 2013

Sin manos


Habíamos llegado, como todos los años, al Centro Municipal de Exposiciones para rellenar las bibliotecas. La Feria del libro resultaba un lugar enorme y, como no era la versión infantil (esa se hace en Julio) tuve que hacer un enorme esfuerzo para no poner mala cara durante toda la recorrida. Era mayo del ’98 y luego de varias horas de caminata, nos metimos con mi madre en el stand de Ediciones de la Flor. 
Allí recorrí las estanterías durante un rato y de los libros disponibles, hubo uno que me atrapó por el dibujo de la tapa. Era una encuadernación verde y en ella se veía a un delantero que, tras haberse enganchado el botín con la línea del área, había caído al suelo, desperdiciando una clara oportunidad de gol. El arquero rival estaba dibujado con una boina y tenía los ojos achinados de tanto reírse del desparramado jugador número nueve. Las letras en negro con la palabra "Humor", que cruzaba un ángulo superior de la portada, era una buena introducción a la obra y el nombre del Autor ya lo había visto antes en algún lado.
Antes de pedírselo  a mi vieja, quise saber qué era lo que me estaba llevando, no fuera cosa que agarrara algo que después no fuera a leer. Empecé, como con cualquier libro nuevo, a ojearlo desde atrás hacia adelante. Nunca soporté la ansiedad develada en los finales, pero en ese momento, con nueve años, no lo sabía.
Pasando las hojas me enamoré. Me gustó cada uno de los trazos pero más me fascinó haberme reído tanto con esos dibujos que no se movían. Volví a donde estaba mi progenitora y le pedí que me lo comprara. -Tenés suerte -me dijo- el Autor es ese señor que está sentado ahí y está firmando libros. Lo llevamos, si querés. No podía ser real lo que estaba escuchando, pero tampoco había más tiempo por perder. Ella interpretó mi sonrisa con forma de pasacalles como un -Sí, por favor, y luego de pasar por la caja, me puse en acción.
Me ubiqué en la fila detrás de un hombre y esperé que la línea avance. Cuando me llegó el turno de acercarme a la mesa, estornudé como si no hubiese un mañana. No sé si fue el polvo del ambiente, la luz artificial de lleno en los ojos o un breve lapso de tensión, pero de haber tenido a alguien abajo lo hubiese bañado con microbios. Claro está que podría haber cubierto la erupción con mis manos, pero como las tenía ocupadas con algo tan nuevo y tan mío, no hubo chances de hacer semejante sacrificio. Me limpié la cara con la manga del buzo, tomé aire y le extendí el libro al Autor.
El Autor tenía casi cincuenta años en ese momento. Era delgado y la barba de tres días le cubría los cachetes y el mentón moreno. Del otro lado de la mesa, el hombre, que había visto toda la secuencia, me preguntó mi nombre. Le contesté y esperé en silencio. El Autor me miró por encima de sus anteojos y con un marcador se puso a garabatear. Yo no tenía manera de saber qué era lo que estaba haciendo y era tal mi ansiedad por descubrirlo que tuve que apretar fuerte los puños para canalizar la energía. El Autor me devolvió el libro y me dio la mano, como hace la gente grande o los que no se conocen. Giré sobre mis tobillos y caminé hasta encontrar un lugar para sentarme. Al abrirlo entendí que Caloi era bastante más que un buen dibujante y que las palabras "Salú, Julián", son mucho mejores si vienen de Clemente. 

2 comentarios:

Patricia N. dijo...

Jajajajaja, una dedicatoria memorable!
Saludos!

Anónimo dijo...

Muy lindo!